| La plaza del reloj. Malaka |
Con una rara sensacion, la de estar a punto de abandonar una ciudad que ha dejado huella en mi corazón, en la que he navegado como velero en aguas calmas por la sencillez de su dia a dia y sin saber si alguna vez regresaré me he levantado de mi habitacion, la numero 7 del Happy Guesthouse. Irónico nombre este para aquellos que como yo se van con tal nostalgia.
![]() |
| Tras aterrizar, dos horas más hasta Malaka, al sur de KL |
| A los fundadores europeos |
En algo menos de dos horas pongo los pies en un nuevo pais. Al salir del aeropuerto tomo un autobús a la estación central de la capital malaya, donde me encontraria con Nuria y Nacho. Durante el trayecto tengo la oportunidad de hablar con un chico de Kuala, estudiante de ingenieria, de etnia hindú, serio pero enormemente servicial que me explica cómo llegar al lugar de reunión.
Miro a derecha e izquierda cruzo la estación pero no los veo. Continúo caminando en busca de una wifi con la que confirmar noticias de mis amigos. Concentrado en la información de mi teléfono Nuria me localiza. Una vez juntos, nos pusimos en ruta rapidamente.
Sin parar a ver la ciudad, que ellos ya habian disfrutado y a la que yo debo volver al final del viaje, partimos hacia un nuevo y exótico destino, Malaka, villa de muchas coincidencias con Andalucia, más allá de la similitud fonológica con la capital de la Costa del Sol. Si paseas por sus calles de herencia colonial luso-holandesa y pierdes por un momento la referencia espacial, facilmente puedes creerte en un pueblo andaluz, de rústicas fachadas blancas y ventanas engalanadas con forjados. Curiosa semejanza, pues a pesar de la influencia de los citados pueblos europeos, sus aires son mucho más cercanos a los del sur de España.
| Una muestra del legado religioso portugués |
Pero lo peor es que nos deja en la calle con peores hostales. Tras dar una vuelta, todos nos parecen caros y apestosos. Aquella corta y lujosa carrera no habia servido de nada.
La desesperacion aumenta y al final acabamos alojados en uno tan pestilente como los que rechazamos, en el que la recepcionista se quedó con el apodo de La Coneja. La relacion entre la empleada y su apelativo no va mas allá de su aficion por estos simpáticos roedores, pues tenia la sala llena de ellos, lo cual aumentaba aun mas la sensación de encontrarnos en una autentica pocilga de irónico nombre, Comfortable Inn.
Con el penetrante olor a humedad de esta caverna para despistados viajeros aun en la pituitaria me despido de mi cuaderno hasta otro momento.
Marco Polo de Bolsa

No hay comentarios:
Publicar un comentario